[ Pablo Llorens ]

Los más de 20 años que llevo con plastilina entre las uñas han dado lugar a un buen montón de objetos y “plasticosas” polvorientas. Para esta exposición me he propuesto reunir desde el trozo de plastilina más momificado y lleno de pelusa hasta lo más reciente: el propio cartel del festival.

Les he pasado el plumero a todas las que he encontrado rebuscando por estantes y cajas olvidadas, desde aquellas que me hacía yo solito, como un Geppeto adolescente, hasta las que implicaban el buen hacer de diferentes artistas.

La exposición con que me honra Animadrid reúne todo lo que ha sobrevivido (gracias mamá, por no cumplir tu amenaza de tirarlo todo a la basura) e intenta ser una mezcla curiosa de ingenuidades y perfeccionamientos, de didactismos y divertimentos.

Como es de esperar, cuando uno empieza en esto de animar plastimuñecos lo último que se le ocurre es que esos monigotes puedan acabar alguna vez expuestos en una vitrina... así que, arrastrado por la maratoniana ansiedad del rodaje, los elementos a construir son preparados solo para servir a su fin y quedar registrados en la película, pero no para sobrevivir al paso del tiempo.

De no ser así, no habría destrozado según qué cosas para reutilizarlas en ulteriores trabajos, no habría arrancado ojos, dientes y huesos para transplantarlas a nuevos protagonistas, ni dejado que las piezas de plasti se resquebrajaran a la intemperie... las hubiera almacenado mejor, salvaguardándolas de los elementos, del polvo y de los ratones. Pero aun así, la plastilina es intrínsecamente efímera: su bendición, la eterna maleabilidad, es también su maldición.

Todo lo expuesto no tiene ni trampa ni cartón, son piezas únicas, las mismas usadas en su momento en cada producción, y únicamente han sido ligeramente restauradas para esta ocasión, mostrando su lado bueno y también sus tripas con truco.

Espero tener una sensación agradable cuando me rodeen todos esos pequeños zombis congelados... no se si me atreveré a quedarme solo en la sala.

Pablo Llorens